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Una nube de testigos nos precede. No es una procesión para verla desde la barrera o a distancia. El Señor nos invita a sumarnos y a participar. Ellos, los santos, son aquellos que vienen de la tribulación, los que han sido lavados con la sangre del Cordero. Son los que ya viven en la presencia de Dios, viéndole tal cual es. Lo son porque lo fueron antes; porque abrieron su corazón a la santidad de Dios. Su vida se vio santificada a medida que la gracia divina actuaba en su interior. Nuestro camino y meta es ser santos. No somos bienaventurados a base solo de esfuerzo o empeño personal, sino por la gracia que actúa en nosotros. Seducidos por la belleza del Padre, nos dejamos llevar por la Palabra divina. No hace falta hacer milagros ni cosas extraordinarias. Cuando miramos al cielo, la tierra se nos hace pequeña, pobre y necesitada. Hoy se nos invita a mirar a lo alto para hacer de nuestra tierra un pedacito de cielo.