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El evangelio ofrece los datos geográficos, políticos, históricos y teológicos para situar a Juan, el Bautista, y así certificar la historicidad de los hechos y afirmar que la salvación se realiza en el tiempo y en la historia humana. El tiempo se hizo «tiempo de gracia», y la historia, «historia salvífica». También ofrece una triple consideración sobre el Bautista, a saber: profeta, desierto y su mensaje. Juan es un profeta que escucha y sirve al Señor, porque es profeta de Dios y para Dios. Los profetas del AT anunciaban la futura salvación, Juan Bautista la señala cercana. Él es solamente la voz que grita e invita a la conversión para preparar el camino al que ha de venir. El desierto era considerado como símbolo de muerte, infertilidad y sufrimiento, y al mismo tiempo lugar de las grandes revelaciones y de los acontecimientos salvíficos. Era el lugar de encuentro con uno mismo y, sobre todo, con Dios. Para vivir en el desierto se precisa voluntad y autenticidad. Su mensaje se reduce a preparar los caminos y allanar los senderos para la venida del Señor. En el tiempo de Adviento oímos la voz del profeta, que nos trasmite un mensaje e invita entrar en el desierto y preparar los caminos al Señor.