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La Ascensión forma parte integral del misterio pascual de Cristo. Su Ascensión es la coronación de su vida y el comienzo de una nueva forma de estar entre nosotros. No ha abandonado a su Iglesia, sino que permanece entre nosotros. Su presencia es mistérica e invisible, y le experimentamos cercano. Cristo está presente en la Palabra y en los Sacramentos, y sobre todo en el Pan eucarístico partido y compartido. Permanece en el rostro de cada hombre que busca, ama y espera. Permanece junto al que sufre y al que es portador de paz y justicia. Permanece junto al que hace nacer la vida en el desierto. Él permanece siempre con nosotros y quiere que nosotros permanezcamos siempre con él. Ha confiado su obra a nuestras manos y nos ha enviado por el mundo para ser signo de su presencia y testimonio del Evangelio. En nuestra vida social nos obsesiona ascender, ocupar puestos cada vez de más arriba. Queremos pertenecer a la élite de los privilegiados y poder subir en el escalafón de la sociedad para tener dinero, influencia social e imagen. Cuando no lo logramos nos sentimos frustrados y fracasados. Para ascender es necesario descender antes. Jesucristo nos da ejemplo. La ambición cristiana consiste en ascender en santidad, porque al mismo tiempo descendemos en humildad. Los discípulos quedan envueltos en su bendición mientras contemplan a Cristo subir a los cielos. También la Iglesia recibe su bendición y su envío o misión.