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El bautismo de Jesús ilumina nuestro bautismo. Se dice que Jesús fue bautizado en el mismo lugar por el que el pueblo de Dios pasó del desierto a la tierra prometida atravesando el río Jordán.

Cuando Israel entró en la tierra prometida, cambió su forma de vivir. Jesús, al salir de las aguas del río, inició también otro estilo de vida. Pasó de la tranquilidad de Nazaret a dedicarse a su misión mesiánica, del silencio y del trabajo familiar a anunciar el mensaje del Evangelio. Hoy la Iglesia nos invita a renovar nuestro bautismo. Quizá hemos sido «rebautizados» en otras aguas que nos han atrapado y hundido en la increencia y la ambición, el egoísmo o la indiferencia religiosa. Quizá fuimos bautizados, pero nunca evangelizados. Al renovar hoy nuestro bautismo, renovemos nuestra fe y dejémonos ser evangelizados por la Palabra, para ser evangelizadores en nuestro ambiente. El bautismo nos hace constructores de una sociedad fundamentada en la justicia y en la paz. El bautizado no puede colaborar con la cultura de la muerte, ni promover obras fundamentadas en la injusticia y el egoísmo, en el odio y la envidia, ni ser portador de guerra o división. El bautizado en Cristo hace el bien y cura las heridas del mal.