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El evangelio de hoy nos presenta a Juan Bautista encarcelado por los caprichos de Herodes. Antes era un profeta que anunciaba la llegada del Mesías; ahora es él quien pregunta por medio de sus dos discípulos. Antes actuaba por sí mismo; ahora actúa por medio de dos de sus discípulos. Antes había dado testimonio de Jesús con total convencimiento; ahora es él mismo quien se interroga.

Lo que escuchaba de Jesús le llenaba de dudas; no respondía para nada a sus expectativas mesiánicas y le rompía los esquemas. Esperaba un Mesías fuerte, juez y todopoderoso. En cambio, Jesús habla de un Dios misericordioso, que ama y perdona. Jesús no responde directamente a la pregunta de los discípulos de Juan, sino que remite a sus obras y a las Escrituras; ofrece los signos que realiza. Ellos hablan de por sí. No hace falta esperar a otro, sino que el Mesías está en medio de su pueblo. Para conocerlo, debemos acudir a la Palabra de Dios y meditarla en nuestro corazón. Entonces veremos florecer el desierto, experimentaremos la libertad y caminaremos hacia la patria.