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La adúltera es un caso del pasado y también del siglo XXI. El evangelio describe el suceso en dos actos. El primero tiene los siguientes personajes: acusadores, la mujer y Jesús; en cambio, en el segundo acto están solos Jesús y la mujer.

Jesús, ante la acusación, corta la cuestión y escribe en el suelo. Nunca sabremos lo que escribió, porque el viento y las pisadas humanas lo borraron. De la acusación, Jesús se remonta a otro nivel superior. La mujer acusada es perdonada y recobra su dignidad. Existe la ley y existe la gracia; existe la justicia y existe la misericordia. Jesús asume la defensa del pequeño y débil. No condena con la ley en la mano, porque ve el corazón, las intenciones y las actitudes. La liturgia de hoy nos invita a mirar el interior de cada persona. Tenemos un tejado de cristal frágil. Jesús no ha venido a condenar; ha venido a combatir el pecado; no ha venido a castigar; ha venido a rehabilitar. La mujer perdonada puede reanudar su vida con dignidad. No peques más, le ha dicho Jesús. El perdón no solo es un abrazo o una mano tendida, sobre todo es un don, una gracia de Dios. El que recibe perdón y misericordia está capacitado para perdonar y comunicar misericordiosa. El que perdona no acusa.