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Las lecturas bíblicas de hoy nos invitan a acompañar a Jesús en su experiencia de desierto. El desierto es el lugar para el encuentro con nosotros mismos y con el Señor. El pueblo de Dios vivió en el desierto durante años, en los que experimentó la prueba, la tentación y la presencia de Dios de forma intensa y decisiva.

Jesús, después de haber escuchado la voz del Padre en el rio Jordán, se dirige al desierto. Muchos personajes bíblicos, como Moisés, algunos profetas o Juan el Bautista, descubrieron su vocación y su misión en el desierto. La Iglesia nos exhorta en este primer domingo de Cuaresma a entrar en el desierto cuaresmal con los pies descalzos, las manos vacías y los ojos fijos en el Señor. El desierto es el gran templo donde habita Dios y el ambón desde donde se proclama la Palabra divina. La Cuaresma es tiempo para descontaminarnos del ambiente que nos rodea, de los ruidos, las luces fatuas y la ambición de poder y placer. Nos hemos convertido en devoradores de imágenes que no dejan ver la realidad. Necesitamos la alternativa del silencio y de la soledad para ser libres y gozar de la libertad de los hijos de Dios. No hace falta ir al desierto, es suficiente entrar dentro de nosotros mismos, hacer silencio y escuchar el susurro del desierto y de la Palabra divina. Podemos entrar en el desierto cuando queramos. Dejemos que el Espíritu nos empuje al desierto y nos conceda la fuerza necesaria para luchar contra el mal por la fuerza de la Palabra divina.