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En el evangelio de hoy, Jesús rechaza los presagios apocalípticos. El lenguaje apocalíptico no habla del futuro, sino de la conversión. Jesús no anuncia el fin del mundo, sino su transformación; nos dice que los poderes y el individualismo no tienen la última palabra en la historia. Desconocen el día y la hora. El destino está solamente en las manos de Dios. Quien cree y practica la palabra de Dios está en las manos del Padre, está en vela constante en espera de su llegada y descubre en los signos su presencia. La higuera es un árbol de hoja caduca; cuando brotan las yemas es que se acerca la primavera. La nueva primavera ya brota en frutos de amor y solidaridad. La Palabra del Señor siempre es fiel y crea confianza en la promesa. El fin está presente entre nosotros, y a la vez es futuro. El fin ha comenzado ya, el futuro está en el presente. Jesucristo nos ha enseñado a esperar el futuro viviendo el presente. Su segunda venida no puede producir miedo ni angustia, porque es una promesa, no es una amenaza. Cristo nos ha precedido para preparar el lugar. La vida cristiana se alimenta de esta promesa. El Reino de Dios se inaugurará de una forma definitiva cuando pasen esta tierra y este cielo para dar lugar a una tierra nueva y unos cielos nuevos donde el día no tendrá ocaso.