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Se preguntan muchos cristianos por la eficacia de la oración. ¿Sirve la oración para la vida? Se considera tiempo perdido el orar. Lo importante es la acción, el trabajo, el compromiso, la programación. La oración pertenece al mundo de lo inútil. La primera y tercera lecturas del presente domingo ponen a nuestra consideración el tema de la oración de intercesión y de su eficacia.

Moisés ora y logra que los israelitas ganen la batalla. Jesús invita a ser constantes en la oración como la viuda ante el juez inicuo. En la primera lectura, Josué ataca a los enemigos mientras Moisés suplica. En cambio, el evangelio no habla de atacar, sino solo de suplicar. Nuestra respuesta a la violencia, a la injusticia, dice Jesús, es la oración sin desanimarse. La oración es nuestra arma más poderosa. Orar no es tratar de convencer a Dios. Quien necesita convencerse y moverse es el juez injusto. Dios sabe lo que tiene que hacer. Si Jesús nos pide que le hablemos, que le insistamos, no es para que Dios sea justo, sino para que en nosotros emerja la justicia de Dios y sintamos como Dios siente, amemos como Dios ama, actuemos misericordiosamente como Dios actúa. La oración produce en nosotros una transformación. Para que esto acontezca es necesario conectarse amorosamente con el misterio de nuestro Dios.