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Se celebra una boda en una pequeña aldea de Israel; una boda famosa, pero no de famosos. Era el día más grande para los novios. En ella faltó el vino, que hace soñar en un mundo nuevo.

El vino era símbolo del amor entre esposo y esposa. Jesús es el portador del vino nuevo; él puede inspirar caminos más humanos y felices. Jesús participa hoy en los gozos y en las tristezas de los hombres, como participó en Caná. La presencia de Jesús transforma nuestra agua en el mejor vino. El vino de Jesús es un regalo; no se vende ni se compra en el mercado del mundo. La Iglesia recibe este vino de Cristo y lo ofrece a la sociedad para que el mundo se renueve y no permanezca «abandonado y devastado» por ideologías al margen de Cristo. Los poderes de esta tierra «no tienen vino nuevo» para construir un cie-lo y una tierra nuevos. Solamente Cristo tiene ese vino que transforma. María, mujer creyente, desempeña hoy su función suplicante e intercede para que el agua de nuestra sociedad se transforme en «vino de salvación». Así, el nuevo vino del Reino corre por las calles del mundo.