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Cercana la fiesta de la Navidad, el evangelista Lucas narra el encuentro de dos mujeres-madres que esperan gozosamente. Las promesas de Dios se cumplen en ellas. María es la mujer creyente e Isabel, la mujer que experimenta el silencio de Zacarías por no haber creído al ángel.

¡Cuántos mudos hay en la Iglesia y en el mundo por no creer! Las palabras de Isabel son confesión de fe en la divinidad de Jesús y en la maternidad de María. La casa de Isabel se llenó del gozo salvífico. María proclamó humildemente la grandeza de Dios. En ella se condensó la espera y el gozo de todo un pueblo y en ella se ha centrado la esperanza de la Iglesia. El camino hacia la casa de Isabel, la visita y el servicio son signos. El Señor nos visita, y María generosamente visita a su prima. La madre del Señor ayudó y sirvió humildemente a su prima Isabel. María ocupa un lugar privilegiado en el tiempo de Adviento porque ella es la Virgen-Madre de la espera; es la verdadera morada de Dios entre los hombres; es la servidora humilde y fiel.