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La Iglesia nos invita a subir al monte Tabor y a entrar en el silencio de la altura y en la oración contemplativa. Dejemos por unos minutos el ajetreo de las actividades, el ruido de las ciudades y el griterío interior para contemplar.

Dios invita también a Abrahán a salir fuera de su tienda para que contemple la maravilla del cielo estrellado. Ante el espectáculo y el silencio nocturno, Dios renueva con él su alianza. Tabor es la ventana abierta para contemplar el cielo y el camino que lleva al Calvario. La transfiguración de Jesús se encuentra entre los dos anuncios de su pasión. La montaña del Tabor es solamente un alto en el camino; no es un lugar de permanencia. Los tres discípulos quieren permanecer allí para siempre y se olvidan del camino y de su meta. Ellos sueñan en la altura del monte, mientras en el valle se abre la senda que conduce al Calvario. De entre la nube se oye la palabra: «Escuchadlo». No se dirige solamente a los tres discípulos presentes en el monte, sino a todos los discípulos de Cristo. Nos preguntamos: ¿desde dónde habla Jesús hoy? Nos habla por la Escritura y por la tradición, por el magisterio de la Iglesia y por la voz de la conciencia recta. El griterío de nuestra sociedad no deja escuchar la palabra de Dios. El mundo es la feria del grito. El Evangelio es la única palabra verdadera. La palabra de Dios es suave; es susurro que se deja escuchar solamente en el silencio. La Cuaresma nos invita a subir cada día al Tabor y permanecer allí unos instantes en la soledad del monte y escuchar la voz del Señor.