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Comenzamos la eucaristía invocando a Dios uno y trino mientras hacemos el signo de la cruz. La Santísima Trinidad es misterio. No lo podemos comprender, pero sí creer en él y adorarlo. Dios es misterio. Queremos descubrir los misterios de la ciencia, del mundo y del cosmos, y estamos orgullosos de las investigaciones científicas. Pero, cuando nos acercamos al gran misterio de Dios, ¿qué experimentamos? Unos dicen que Dios no existe, ha muerto. Otros, que es algo inútil y no sirve para nada, y mucho menos para una sociedad progresista. Dios estorba a la conciencia personal. Además, el misterio de la Trinidad parece que es una cuestión de teólogos. La Trinidad no es una teoría in-ventada por los teólogos; Dios se ha revelado y es uno y trino, y está presente en medio de nosotros. Cuando vemos las vidrieras de una catedral desde fuera no nos imaginamos la belleza de colores que tiene cuando se contemplan desde dentro. Lo mismo sucede con el misterio de la Trinidad. Muchas veces contemplamos desde fuera y vemos solamente el color grisáceo, en cambio, si entramos en el misterio, descubrimos la sinfonía de colores. ¿Cómo hablar hoy de Dios? Resulta difícil muchas veces. Si se cree resulta fácil; si son indiferentes, el camino hacia Dios se hace largo y pesado; si no se cree, se debe comenzar por el inicio. ¿A qué dioses creemos y adoramos? Levantamos templos a ídolos y les dedicamos atención y tiempo, energías y dinero, y ante ellos sacrificamos nuestras vidas. Pero, cuando se trata del Dios de la verdad, no le dedicamos atención ni tiempo. Cuando no se cree en el Dios verdadero se cree en dioses que no salvan; tienen boca y no hablan; tienen ojos y no ven; son dioses que no salvan, sino que esclavizan. El Dios uno y trino es el verdadero; es el Dios cercano que ama. El que cree en Él se salva.