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El domingo pasado las lecturas nos exhortaban a la oración perseverante; hoy, a la oración humilde. El evangelio describe dos formas de presentarse ante el Señor. La del fariseo y la del publicano.

El primero se considera superior a otros y reconoce que no es ladrón, ni injusto, ni adúltero; cumple con la ley del ayuno y paga el diezmo de todo. En cambio, el publicano no se atreve ni a levantar los ojos al cielo; se golpea el pecho y pide a Dios que tenga compasión. El fariseo encarna la hipocresía y la presunción. Entra en el templo con la cara alta y se coloca en primera fila; no pide ayuda ni invoca el perdón de Dios; se considera justo y desprecia a los otros. El publicano, en cambio, permanece en la penumbra del templo y golpea su pecho pidiendo humildemente perdón. Éste baja a su casa justificado, porque el humilde será escuchado y enaltecido. La oración del humilde ilumina, purifica, transforma y fortalece la vida y la fe; la oración del autosuficiente no sirve para nada ni a nadie. El publicano no juzga, ni condena, ni se exalta a sí mismo. Sabe que Dios es la fuente de la misericordia y lo invoca para que tenga piedad y le ayude con su gracia a vivir según sus planes. Los pobres encuentran siempre lugar en el corazón de Dios.