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Israel escucha en silencio la proclamación de la Ley y hace fiesta porque Dios les ha hablado por medio de ella. Jesús, en la sinagoga de Nazaret, proclama un texto del profeta Isaías. La lectura de la Ley constituye un reinicio de la vida de Israel con Dios.

Jerusalén, reconstruida después del exilio babilónico, acoge a una multitud, se proclama solemnemente la Palabra de Dios: «Hoy es un día consagrado a nuestros Dios». El evangelio de hoy nos presenta a Jesús, al comienzo de su vida pública, estableciendo las líneas programáticas de su misión. El episodio de Nazaret es el programa y la síntesis de todo lo que sucederá a lo largo del Evangelio. «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír». El hoy de la Palabra de Dios sobrepasa la historia y el tiempo. La Palabra de Dios fructifica en el presente y es garantía del futuro. La Palabra de Dios no envejece; siempre es joven y renueva el corazón de aquellos que la escuchan y la ponen en práctica en su vida. ¿Cómo escuchamos y meditamos la Palabra de Dios? La fe no se fundamenta en palabras vacías o superficiales, sino en la Palabra de Dios. Jesús, en la sinagoga de Nazaret, actualizó las palabras del profeta, y desde entonces se proclama el Evangelio en el ambón del mundo entero, para que la Buena Noticia sea escuchada por todos los habitantes de la tierra. El hoy de la Palabra de Dios pide escucha, reflexión y actuación. La Palabra es liberación y gracia en el corazón del creyente.