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Hoy contemplamos una zarza ardiendo y una higuera que no da fruto. También nosotros nos descalzamos ante la zarza y permanecemos en silencio y a la escucha del Señor. La voz de Dios cambió la vida de Moisés.

Había huido de Egipto y ahora el Señor le dice que vuelva y le confía una misión ardua y difícil. Conocemos la historia de Moisés y del pueblo que él guía por el desierto, camino de la tierra prometida. La experiencia de Dios le da la fuerza necesaria para cumplir su misión. El Dios de la historia es también un Dios paciente. El amo de la viña exige rentabilidad y frutos. La higuera lleva tres años sin fruto alguno. Manda cortarla. El viñador suplica un poco más de tiempo y se dedicará a cuidar-la. El tiempo de Cuaresma nos ofrece oportunidades para cuidar con esmero la higuera. Quizá durante un tiempo no ha dado fruto alguno. Ahora es el tiempo favorable para cuidarla y que dé fruto. Acerquémonos a la zarza y, en el silencio del monte, postrémonos ante el Señor para la escucha de la Palabra. En la cercanía del Señor comprendemos nuestra misión y nuestra vocación de ayudar a nuestros hermanos que viven en la esclavitud, en la injusticia y la violencia. Seamos higuera fecunda con nuestras buenas obras y no seamos estériles.