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El Adviento hace que nuestra pequeña historia participe de la gran historia de la humanidad y del pueblo de Israel. La revelación divina fue, a medida que pasaba el tiempo, la espera de un Salvador que se hacía más viva y urgente. Un autor ha escrito que Dios es adviento (el que siempre está viniendo) y el hombre es éxodo (el que siempre camina). Dios y el hombre se encuentran en la arena de la historia humana. Se habla de tres advientos: el primero, sucedió hace más de dos mil años cuando el Verbo se hizo carne; el segundo, el de la eucaristía de cada día, donde se actualiza el misterio pascual de Jesucristo y se da como novedad cotidiana, y el tercer adviento es la humanidad, que camina hacia la segunda y definitiva venida de Cristo. El evangelio de hoy es un canto a la esperanza: «¡Levantaos, alzad vuestra vista, se acerca vuestra liberación!». El cristianismo no es una religión triste ni aburrida, sino fuente de alegría y de vida. Invita a levantar los ojos al cielo y esperar la liberación del Libertador. El Señor esperado es el camino que nos guía y orienta; la verdad que esclarece nuestras preguntas y dudas; y la bondad que nos mueve siempre a hacer el bien. Nuestra esperanza no es engañosa ni falsa, al contrario, es real. Las obras buenas que hacemos nos convierten en testigos de la espera. En el Adviento esperamos al que está presente y se manifiesta en los signos. Su presencia es grito y susurro. El Adviento juega al mismo tiempo con el pasado, el presente y el futuro, y es un tiempo de salvación, gracia y encuentro. El Adviento prepara la Navidad y nos pide que tengamos en nuestras manos las lámparas encendidas en espera del Esperado.