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Los discípulos del «primer día» tuvieron una gozosa experiencia. Se sentían defraudados y el miedo obligaba a cerrar bien las puertas. Les parecía que todo había terminado en la cruz y en la sepultura. Estando las puertas cerradas se les aparece el Señor resucitado. Sus corazones se transformaron y se llenaron de alegría al ver a Cristo resucitado.

El discípulo del «octavo día», que había desconfiado y quería asegurarse, se aseguró tanto que de incrédulo pasó a ser creyente cuando vio al Resucitado. Los discípulos que creen sin haber visto, son los del «día siguiente», que son sin número. La fe es un don gratuito de Dios y no es fácil. La fe es abrir los ojos y no ver; es extender las manos y no poder tocar; es abrir el corazón y escuchar las palpitaciones de un amor eterno. La fe es acoger cada mañana la palabra divina, siempre vieja y nueva al mismo tiempo. La fe es abrir el libro de la historia y leer en los signos de los tiempos y descubrir la presencia del Señor en el hoy. La fe es caer de rodillas ante el Señor y sentirlo vivo y cercano, sin tocar las llagas ni meter el dedo en el costado. La fe es encontrar sentido a la vida en la vida de Cristo. La fe es dejarse llevar por Cristo, camino, verdad y vida. La fe no es caer en el vacío, sino en las manos de Dios Padre. Cuando la fe alcanza el corazón, los ojos ven lo que otros no llegan a ver. La fe crea solidaridad y alegría en compartirla.