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Los grupos y sociedades, cuando se constituyen, establecen sus objetivos concretos de gobierno, formulan normas y buscan los medios necesarios para su desarrollo y así poder perdurar en el tiempo. Se coloca al frente un jefe, o presidente, o director, y se le otorgan poderes. No es raro escuchar a los nuevos presidentes afirmar en sus discursos de toma de posesión que asumen el poder para «servir» a todos. No está mal como declaración de intenciones.

La Iglesia naciente ha experimentado en la comunidad que Jesús vive y ha recibido la misión de ser testigos. Cristo es el guía, el maestro y el pastor para sus discípulos. Es el buen Pastor. En su programa de salvación no excluye a nadie. No hace distinciones de personas, y si prefiere a alguien es el que esta fuera del redil. Su misión es callada; la realiza en el silencio y en el monte. Busca lo que está perdido, anima lo que esta decaído, restaura lo que está roto, cura y sana al que esta malherido. El estilo de Jesús es único y quiere que sus seguidores encarnen el mismo estilo. Él es el Buen Pastor, la piedra que desecharon y se ha convertido en piedra angular. Su imagen es icono que sobrevuela el espacio y el tiempo y se reproduce con toda claridad.

Tenemos un Buen Pastor que es icono para otros muchos pastores. Él conoce y cuida a sus ovejas, y los pastores deben hacer lo mismo. Hay falsos pastores que anuncian su programa y prometen infinidad de realidades. Muchas personas escuchan sus palabras y se dejan llevar a falsos pastos. Son pastores que buscan los púlpitos más altos para hacerse oír mejor. Sus palabras invaden prensa, televisión, radio… y su mensaje confunde y esclaviza a muchos incautos que se dejan engañar. Quien es verdadero discípulo de Jesús cada día escucha su voz, su Palabra, y la pone en práctica. La Palabra de Cristo es cálida, como el Pan caliente que está sobre el altar por la acción del Espíritu.