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El domingo pasado, el evangelio presentaba la figura del Buen Pastor, hoy nos hace volver los ojos hacia dentro, hacia la vida interior, que sostiene, nutre y alimenta la vida del cristiano.

El lenguaje evangélico es sencillo y poético, y emplea una imagen tomada de la vida agrícola. La viña era una imagen frecuente en el A.T. Pero esta vez Jesús no habla de viña, sino de la vid verdadera y del Padre, el viñador. La savia de Dios corre por la vid, que es Cristo, y se prolonga en los sarmientos en la medida en que estén unidos a la cepa. Jesús es la savia que da energía al cristiano. La vida cristiana no brota espontáneamente; necesitamos estar vitalmente unidos a Jesucristo por la oración y la acogida de la Palabra para no quedarnos sin savia. La cepa produce fruto. En cambio, el sarmiento desgajado de la vid no reverdece ni da fruto, se seca y muere.

El cristiano debe reconstruir la sociedad desde su fe, que se expresa en obras. La creencia en Jesús, Vid, y la permanencia en Él se manifiesta en las siguientes exigencias: anunciar sin miedo la Buena Noticia, como Pablo; compartir la fe con los hermanos; traducir la fe en obras concretas de caridad y hacer de la caridad un compromiso diario. La inserción en Cristo salva y, al mismo tiempo, compromete a ser evangelizador.