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La Iglesia, después de haber celebrado la Pascua, nos hace volver la mirada hacia el misterio de la eucaristía. El Jueves Santo hemos celebrado el amor de Cristo hasta la entrega total. El pan del Jueves Santo es el pan que se rompe para la vida del mundo, que Jesús amó hasta el extremo.

El pan del Corpus es el pan alimento de la vida de la Iglesia: “Tomad y comed». Cada domingo nos reunimos como comunidad alrededor de la mesa del pan eucarístico. No acudimos a título individual, sino para sentarnos con otros y compartir el pan convertido por el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo. El pan, fruto de la tierra y del trabajo de los hombres, es expresión de comunión y solidaridad, porque es pan para la vida del mundo, pan para todos. Al hablar de vida nos compromete con tantas muertes de los que tienen hambre y se les niega el pan.

Después de la Ascensión, Cristo permanece bajo los signos del pan y del vino, y permanece entre nosotros hasta el fin del mundo. La fiesta del Corpus celebra la presencia sacramental de Cristo. La eucaristía es una epifanía sacramental de la Pascua. Solamente desde la fe se celebra, se adora y se vive el misterio eucarístico.