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Cuando experimentamos la inseguridad parece que el suelo se abre bajo nuestros pies. Entonces gritamos a Dios, y su silencio quizá nos irrita. ¿Acaso duerme?

Dios no duerme ni es indiferente a nuestro grito ni a nuestros miedos. Él está en medio de la prueba y de la noche oscura. Jesús, en su hora suprema, ha experimentado también el miedo y la soledad. Nunca fue más silencioso el silencio de Dios que en la hora de la pasión de su Hijo. Jesús nunca perdió su confianza en el Señor, no sucumbe bajo las fuerzas del mal. La confianza en el Señor aleja todo miedo. Quien vence la fuerza del mal se convierte en testigo de un mundo nuevo. Dios no se deja manipular ni por el hombre ni por sus problemas: no se deja urbanizar ni modelar. Dios es silencio y misterio, y solo en el silencio se escucha su voz y se contempla su misterio.