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El evangelio de hoy presenta a Jairo y a una mujer enferma. Ambos tienen que vencer una fuerte presión social. Jairo suplica y se humilla a los ojos de todos. La mujer anónima acude en secreto con confianza de curarse con solo tocar el manto de Jesús.

Dios quiere la salvación y la vida. Nuestra sociedad, a la vez que exalta y defiende la vida, inventa nuevas formas de muerte. Los periódicos, la radio, la televisión, anuncian el gozo de la vida y la tristeza de la muerte. No se encuentran palabras para expresar la muerte. Ante la muerte se reacciona en contra y se grita a la vida. Quien tiene ojos de fe halla respuesta ante la muerte. El mismo Jesús ha experimentado la muerte, y su muerte forma parte del misterio de nuestra vida. Él fue enviado para que tengamos vida; quien cree en él tiene ya la vida. El cristiano es discípulo del Resucitado y da razón de su esperanza sembrando vida y ayudando a otros a encontrarla.

Solo el amor crea vida y la devuelve a quien la ha perdido. El odio, el egoísmo, la insolidaridad, la injusticia, engendran muerte. Quien lucha contra las formas de muerte crea y comunica vida. Quien arriesga y da su vida por amor hace posible la esperanza y la vida de los otros.