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La Vigilia pascual fue la noche de las novedades. El Hombre nuevo, Cristo, con su resurrección hace nuevas todas las cosas. Domingo tras domingo, la Iglesia ha celebrado los dones de la resurrección y se ha comprometido en las tareas encomendadas por el Resucitado.

El presente domingo, la Iglesia recibe el don de los dones: el don del amor. Jesús enseña que el amor es el origen, el contenido y el centro de la misión. El amor nos hace hombres nuevos en Cristo y nos lleva a la plenitud de la alegría en Cristo. Nunca nos podremos cansar de corresponder al amor de Dios con nuestro amor a él y a los hermanos. La tarea del amor es ser don. «Permaneced en mi amor», sed testigos del amor de Dios, permaneced fieles al amor que os tengo. Que esta cadena no se rompa nunca. Del «permaneced en mi unidos a la cepa» del domingo pasado se pasa hoy al «permaneced en mi amor».

Se debe romper la cadena de poder que hemos creado nosotros: del amo sobre el siervo, del señor sobre el esclavo, del poderoso sobre el débil, del hombre sobre la mujer. Jesús es creador de una nueva estructura: «Yo no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos”. La palabra «amor” cabe en la boca de todos y se halla en la mente y en el corazón de todos. Ninguna palabra ha sido tan devaluada, prostituida y manipulada o secuestrada. Jesús valora lo que significa la palabra y la rescata del mal uso que se hace de ella. La ennoblece y la enriquece con el auténtico contenido. Dios nos invita a permanecer fieles en el amor que él nos tiene y a hacerlo extensivo a los hermanos.