Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Cuando Dios se hace pequeño, todo cambia

Cuando el mundo parece seguir su curso entre luces, prisas y expectativas, Dios elige el camino más sencillo para entrar en nuestra historia: hacerse pequeño. En el silencio de una noche cualquiera, en un rincón que apenas cuenta para los mapas del poder, el Eterno se deja envolver por la fragilidad de un niño, recostado entre paja y pañales, sostenido por unos brazos temblorosos que aprenden a amar mientras lo acogen. Todo en Belén habla de sencillez, de cotidianidad, de una pobreza que desarma, y sin embargo, para quien sabe mirar con el corazón despierto, allí acontece lo más grande que la humanidad puede recibir, porque cuando lo eterno se deja abrazar, también nuestra vida comienza a transformarse, y descubrimos que la fuerza de Dios respira en lo humilde, que su grandeza florece en lo discreto, que su amor brota allí donde la ternura abre camino.

La humildad que revela el rostro de Dios

Volvemos la mirada al Niño del pesebre y, en ese gesto sencillo, aprendemos que la humildad es el lenguaje más verdadero del amor. La Escritura lo había anunciado, sin apariencia de majestad, sin signos de poder que deslumbren, y sin embargo, basta encontrarse con su presencia para intuir que en esa pequeñez se esconde la plenitud misma de Dios. Jesús, el Hijo eterno, entra en nuestra carne para mostrarnos un modo nuevo de vivir, un camino tejido de sencillez, de entrega confiada, de cercanía que no se impone, que invita desde dentro y se ofrece como don. Cuando lo acogemos con el corazón disponible, comprendemos que solo desde la humildad se abre paso lo esencial, y resuena en nosotros la certeza proclamada por el apóstol: “Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza” (2 Co 8,9), una palabra que ilumina la Navidad como misterio de amor que se abaja para levantarnos.

La ternura que transforma el mundo

Desde el pesebre nace también una ternura capaz de renovar la historia, una fuerza silenciosa que enseña sin discursos y transforma sin ruido, porque brota de un Dios que mira primero con compasión, que ama desde dentro y que confía incluso cuando todo parece oscuro. La ternura del Niño nos educa el corazón, nos invita a vivir atentos al otro, a dejarnos tocar por su fragilidad, a descubrir que cada gesto de cuidado, cada mirada que sostiene, cada abrazo que reconcilia prolonga en el tiempo el amor que comenzó en Belén. Así, en la vida diaria, en nuestras casas, en la comunidad, en el trabajo compartido, la ternura se convierte en el espacio donde Dios sigue haciéndose presente, donde el Evangelio se encarna en palabras que sanan y en relaciones que construyen, hasta que comprendemos que estamos llamados a vivir desde esa ternura que nos envuelve y nos envía, para que el mundo descubra, una vez más, que cuando Dios se hace pequeño, todo cambia.