Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial
Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:
Cuando el Evangelio sonríe
A veces la fe no habla; se intuye en una mirada que brilla o en una sonrisa pequeña que no pide nada. Es la alegría del Evangelio hecha gesto, la certeza amable de que Dios camina con nosotros, incluso cuando no lo notamos. Cuando el Evangelio sonríe, la vida se abre un poco más. Lo cotidiano, eso que a veces pesa, se vuelve espacio sagrado. Basta detenerse, respirar hondo y mirar despacio: hasta en lo más simple se esconde una señal de eternidad.
La alegría tiene rostro de fe.
El Evangelio es, por su naturaleza, una buena noticia, y toda buena noticia arrastra consigo alegría. No es esa euforia ligera que se disuelve pronto, sino una que crece dentro, donde el alma se sabe mirada con ternura. El profeta Isaías lo expresó con hermosura: “Me llené de alegría en el Señor, mi Dios, porque me ha vestido con traje festivo y me ha envuelto en un manto de salvación.” Esa alegría no depende del día ni de las circunstancias; nace de la certeza de ser amados, perdonados, llamados a comenzar de nuevo. Cuando el corazón lo entiende, algo se aquieta. La fe se limpia, se serena y se expande sin proponérselo. Evangelizar también es eso: dejar que la vida se vuelva sonrisa, que el Evangelio se note en la manera de mirar y en el modo de tratar a los demás.
La alegría cotidiana es promesa del Evangelio.
Nace de lo pequeño: del “gracias” al despertar, de una mano que se ofrece, de una palabra que abraza en silencio. Cada gesto de gratitud es una sonrisa del Evangelio. Jesús vivió así, confiado en las manos del Padre, sin ruido ni prisa. Por eso su alegría tenía hondura y verdad. Cuando aprendemos a vivir con gratitud, la vida se convierte en regalo y la fe se enciende como una lámpara discreta. Evangelizar empieza ahí, reflejando a Dios con sencillez, con el gozo tranquilo de saberse acompañado.
Evangelizar con gracia y agradecimiento.
El amor, cuando es auténtico, evangeliza sin discurso. Una sonrisa limpia, un acto bueno, una mirada que aligera el día anuncian más que cualquier palabra. En un mundo cansado, donde muchas veces falta esperanza, los cristianos estamos llamados a mostrar, con serenidad, que creer no oprime, sino que libera. La alegría verdadera no hace ruido ni busca lucirse; ilumina. Vivir con gozo ya es anunciar el Evangelio, porque quien ve alegría en otro intuye, aunque no sepa explicarlo, que Dios sigue obrando.
Cuando el Evangelio sonríe en nosotros, el mundo se vuelve un poco más claro. Cada sonrisa que nace de la fe guarda dentro una semilla de vida nueva, una chispa que sostiene la esperanza. Que nuestras comunidades sigan siendo ese lugar donde aún se canta desde dentro, donde Dios puede entrar cada día y encontrar, en nosotros, un rostro humano que le devuelva la luz.
