Estos días estamos viviendo una imagen preciosa en la parroquia, de esas que dejan en el corazón una alegría serena y una gratitud honda. Nuestros grupos de comunión están recibiendo unas catequesis especiales y, en una de ellas, nuestro párroco, ha ido recorriendo el templo con los niños, mostrándoles cada espacio con cercanía, con paciencia y con ese cariño pastoral que convierte una explicación en experiencia viva. Más que enseñar unas partes del edificio, les ha ido abriendo una puerta al misterio, ayudándoles a descubrir que la iglesia es casa de Dios y también casa nuestra, lugar de encuentro, de oración, de consuelo y de vida compartida.
Ha sido hermoso imaginarles escuchando cómo les explicaba que la capilla del Santísimo guarda una presencia que llena de paz, porque allí Jesús permanece esperándonos con amor fiel, y cómo la luz roja encendida junto al Sagrario les anunciaba, de una forma sencilla y profunda, que Cristo está realmente presente. Seguramente, en la mirada de muchos de esos niños, esa pequeña luz habrá dejado de ser un detalle al que apenas se presta atención para convertirse en un signo lleno de sentido, una llamada silenciosa que habla de compañía, de adoración y de misterio.
También les ha mostrado el sagrario como ese lugar donde se custodia el mayor tesoro de la Iglesia, les ha enseñado el ambón como el espacio desde el que Dios sigue hablando a su pueblo por medio de la Palabra, y les ha señalado el altar como el corazón de la celebración, la mesa santa donde se actualiza la entrega de Cristo y donde la comunidad se reúne para alimentarse de su amor. Les ha hablado de la sede, desde donde quien preside sirve y acompaña a la asamblea, y del atril, que sostiene con sencillez la palabra que se proclama para iluminar la vida.
Con la misma cercanía les ha acercado a la pila bautismal, ayudándoles a reconocer en ella el comienzo de nuestra vida cristiana, el lugar donde un día fuimos acogidos en la gran familia de la fe. También les ha ido mostrando las estaciones del vía crucis, tan presentes en nuestros templos, explicándoles que en ellas recorremos junto a Jesús el camino de su entrega, de su amor fiel y de su misericordia. A través de cada escena, los niños han podido descubrir que la cruz contiene un amor inmenso y que seguir a Cristo también es aprender a caminar con Él en los momentos de esfuerzo, de dolor y de entrega.
Les ha mostrado la sacristía como ese espacio discreto donde se prepara con cuidado todo lo necesario para la celebración, recordándoles que también lo escondido tiene valor cuando está al servicio de Dios y de los hermanos. Y les ha llevado hasta el confesionario explicándoles con delicadeza, que es lugar de misericordia, de perdón y de abrazo, donde el alma puede volver a respirar con la alegría de saberse querida y renovada.
Estas catequesis tienen una fuerza inmensa porque, a través de la voz cercana del P. Luis Murillo, el templo ha dejado de ser para los niños un lugar que simplemente se visita, para convertirse en un espacio que se comprende, se ama y se siente propio. Cuando un pastor se detiene a explicar así, paso a paso, lo que significa cada rincón de la iglesia, va sembrando mucho más que conocimientos: va despertando reverencia, pertenencia, memoria y fe. Y quizá también nosotros, al contemplar esta escena, sintamos dentro una invitación preciosa: volver a entrar en nuestro templo con ojos nuevos, dejar que cada signo vuelva a hablarnos y recordar que, en esta casa santa, Dios sigue saliendo a nuestro encuentro con la ternura de siempre.
