Este tercer domingo de Cuaresma la parroquia de la Santísima Trinidad de Collado Villalba vivió un momento especial de comunión eclesial con la visita del arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo. La celebración reunió a la comunidad parroquial en torno a la Eucaristía con esa conciencia serena que nace cuando una Iglesia concreta reconoce que forma parte de algo más grande: el pueblo de Dios que camina sostenido por el Espíritu.

Desde el comienzo, el cardenal quiso agradecer la vida que late en esta comunidad. Ante los miembros del consejo parroquial, los sacerdotes que acompañan pastoralmente la zona y tantos fieles que sostienen la misión cotidiana de la parroquia, expresó una gratitud sencilla y profunda por la tarea que realizan. Recordó que la Iglesia también se reconoce aquí, en esta comunidad concreta, donde la Palabra se transmite, la esperanza se mantiene viva y muchas personas encuentran un lugar donde su vida puede ser acogida.

Su mirada se abrió enseguida hacia el barrio y hacia quienes viven en él. La Iglesia, recordó, mira siempre también a los vecinos y vecinas, porque existe algo que todos compartimos profundamente: todos tenemos sed. Sed de compañía, sed de sentido, sed de una vida que llene el corazón.

El Evangelio proclamado ese domingo ofrecía la clave para comprender esa experiencia humana universal. El encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo habla de un corazón que busca, de una vida que intenta saciar su sed en muchos lugares, hasta que descubre una fuente distinta. En aquella mujer el cardenal reconocía la historia de muchas personas de nuestro tiempo. Personas que sienten una inquietud interior, que perciben una necesidad de sentido, que buscan algo más profundo para su vida.

La cultura actual, señalaba, ofrece muchos lugares donde intentar calmar esa sed. Actividades, proyectos, experiencias que prometen plenitud. Sin embargo, el Evangelio revela una verdad más profunda. El corazón humano encuentra descanso cuando se acerca a la fuente verdadera.

Desde esa escena evangélica surgió una imagen que iluminó toda la celebración. La parroquia como pozo.

Un pozo en medio del pueblo donde el Señor sigue esperando. Un lugar donde las personas pueden detenerse, dialogar, ser escuchadas y comprender lo que ocurre en su vida. Un espacio donde el Evangelio se convierte en encuentro real, en conversación sincera, en camino compartido.

La escena de la samaritana mostraba también algo esencial para este tiempo de Cuaresma. Aquella mujer se atreve a salir, se atreve a hablar, se atreve a dejar que su vida sea interpelada. En ese gesto comienza un camino de transformación. Por eso el cardenal invitó a la comunidad a dar también un paso más en el diálogo con Jesús. Cada domingo puede convertirse en una ocasión para profundizar en esa relación viva con el Señor y descubrir quién es realmente para nuestra vida.

En ese contexto resonó una frase que quedó grabada en la celebración. Jesús tiene sed de nosotros. Sed de nuestra vida, sed de esta parroquia, sed de una comunidad capaz de mostrar su rostro en medio del pueblo.

La Eucaristía reunió así todos los cántaros. Cada persona llegó con su historia, con sus preguntas, con sus heridas y búsquedas. Y en ese encuentro con Cristo aparece siempre una sorpresa. Él acoge nuestra sed y transforma el corazón hasta convertirlo también en fuente.

Por eso la invitación final del cardenal se abrió como una misión para toda la comunidad. Que esta parroquia siga siendo un pozo donde muchos puedan beber. Que cada persona que forma parte de ella se convierta en cántaro que acerca el agua de Jesucristo a quienes viven con sed de sentido.

Así, en medio de Villalba, la parroquia continúa su vocación sencilla y profunda: ser lugar de encuentro, de diálogo y de esperanza, un pozo abierto donde la vida puede encontrar el agua viva que solo Cristo ofrece.

Nota: Fotos de Luis Millán