Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Heridas que se vuelven lugar de gracia

A veces avanzamos por la vida con la sensación de que algo se ha rasgado por dentro, como si una parte de nosotros quedara expuesta a la intemperie. En esos momentos buscamos cobijo, un aliento que nos recuerde que seguimos en camino. Cuando miramos nuestras heridas desde la fe, descubrimos que el Señor se acerca con una ternura sorprendente y convierte ese territorio frágil en un punto de encuentro. Cristo se deja tocar precisamente en ese borde sensible de nuestra historia, y allí despierta una luz que parecía escondida. Su modo de entrar en nuestra vida sigue el gesto que tantas veces contemplamos en el Evangelio: una presencia que restaura desde dentro, que alumbra un sentido que crece despacio, que abraza cada latido herido con una misericordia que sostiene.

La fragilidad como umbral de crecimiento

Cada herida abre un umbral. Al principio desconcierta, porque revela una parte de nosotros que parecía muy resguardada. Con el paso del tiempo comprendemos que ese mismo umbral impulsa una transformación profunda. Lo que parecía un límite se convierte en camino. Cuando dejamos que el Espíritu fecunde ese espacio sensible, brota una fuerza interior que no nace del esfuerzo propio, sino de la gracia derramada con delicadeza. Jesús pronuncia unas palabras que marcan esta experiencia: «Mi gracia te basta, porque la fuerza se despliega con más plenitud en la debilidad» (2 Co 12,9). En esta promesa encontramos una sabiduría que invita a caminar sin prisas, con la convicción de que el Señor hace fecunda cada grieta. La fragilidad abraza un misterio: la gracia crece justo donde sentimos que nos faltan fuerzas, y esa fecundidad interior renueva la mirada, afianza la esperanza y abre un horizonte que se expande más allá de lo visible.

La luz que nace del interior

Hay heridas que alumbran. No lo hacen de golpe, sino en forma de claridad que se insinúa paso a paso, como un amanecer que avanza desde dentro. Es una luz que no deslumbra, que acompasa el alma y la orienta hacia la paz. En muchos momentos de oración sentimos esa claridad suave que brota de la presencia del Señor, y entonces reconocemos que cada cicatriz guarda una historia de encuentro con Él. Cuando compartimos ese camino con la comunidad, la luz crece aún más, porque en la fe compartida descubrimos el don de sabernos sostenidos. Cada testimonio, cada gesto de cuidado, cada palabra que nace de una experiencia sincera, se convierte en un eco de la Pascua: la vida que resurge, la esperanza que renace, el amor que permanece firme incluso en medio de la vulnerabilidad.

Que esta semana podamos contemplar nuestras heridas desde esta mirada nueva, abierta a la acción de la gracia. Que cada lector sienta que el Señor se acerca, respira cerca y transforma por dentro. Que nuestras historias, marcadas por momentos difíciles, se conviertan en lámparas que iluminen el camino de otros. Porque el Evangelio sigue haciendo lo que siempre hizo: encender vida allí donde el corazón tiembla y abrir caminos de esperanza justo donde parecía faltar la claridad.