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Domingo 2º Cuaresma: Mateo 17, 1-9
Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y los conduce a la montaña. Allí, en la altura del silencio y de la intimidad, su rostro se transfigura y su luz envuelve todo. Los discípulos contemplan una belleza que desborda sus categorías, una claridad que revela quién es verdaderamente el Maestro al que siguen cada día por los caminos polvorientos. La gloria se manifiesta en medio de la amistad, en un instante que une cielo y tierra, historia y promesa. Pedro desea quedarse, levantar tiendas y fijar aquel momento, porque cuando el corazón toca la luz quiere habitarla para siempre.
También nosotros somos invitados a subir. En Cuaresma, el Señor nos regala espacios de oración donde su presencia ilumina zonas que permanecían en penumbra. En medio de nuestras tareas, de nuestras preocupaciones y búsquedas, Él deja entrever su rostro para fortalecer el camino. La voz del Padre resuena en lo profundo y orienta la vida hacia su Hijo amado. Escucharle transforma la mirada, ordena los afectos y concede una paz serena que sostiene cuando la senda desciende hacia el valle.
Desde la fe: ¿Subo al monte de la oración y contemplo el rostro de Cristo, dejando que su luz purifique mis miedos y confirme mi vocación?
Desde la esperanza: ¿Guardo en el corazón los momentos de claridad y los convierto en fuerza para atravesar las horas de esfuerzo y entrega?
Desde la caridad: ¿Comparto la luz recibida con gestos sencillos, llevando consuelo y ánimo a quienes caminan conmigo?
