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Domingo II T. Navidad (Juan 1, 1-18)

En medio de la creación entera resuena una Palabra que lo sostiene todo. Esa Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, trayendo luz, ternura y sentido a cada rincón de la vida. Lo eterno se volvió más cercano, lo invisible tomó rostro, lo divino se volvió abrazo. En ese misterio se revela el corazón de Dios: un amor que prefiere hacerse pequeño para acercarse, que elige la sencillez de un hogar y la fragilidad de un recién nacido. El Verbo acampa entre los hombres y convierte la historia en un lugar de encuentro, en una tierra donde la gracia florece cada día. Todo lo creado se ilumina cuando reconocemos en nuestras vidas la presencia silenciosa de esa Palabra que ordena el caos y abre caminos de vida.

En cada palabra buena, en cada gesto que da vida, ese Verbo sigue pronunciándose. Su voz brota en los pequeños nacimientos diarios: cuando el perdón vence al orgullo, cuando renace la esperanza tras la espera, cuando una mirada limpia devuelve alegría. Acoger la Palabra es dejar espacio a ese amor que ilumina desde dentro, que recrea el corazón y lo vuelve capaz de reconocer la belleza del Reino en lo cotidiano. En este tiempo de Navidad, contemplar al Verbo hecho carne es dejar que su luz penetre nuestras oscuridades, es respirar con calma y descubrir que todo tiene sentido cuando el amor nos habita y nos mueve hacia los demás.

Desde la fe: Vivir con la certeza de que la Palabra sigue encarnándose en nosotros. Cada día es una oportunidad para dejar que Dios se exprese a través de nuestros pensamientos, nuestras manos y nuestro modo de mirar.

Desde la esperanza: Reconocer la luz que nunca se apaga, la que se abre paso incluso en lo más profundo del corazón. Esa luz acompaña, guía y renueva, invitándonos a ver la vida con ojos nuevos y confiados.

Desde la caridad: Ser reflejo de esa Palabra encarnada que se ha hecho cercanía y consuelo. Amar con el mismo tono de voz con que Dios pronuncia nuestra vida, con ternura, paciencia y alegría compartida.