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Domingo de Resurrección (Juan 20, 1-9)

La mañana de Pascua llega con la delicadeza de quien despierta la vida desde dentro. Todo comienza en medio de la búsqueda, del amor fiel que madruga y se pone en camino, del corazón que sigue volviendo al lugar donde ha puesto su esperanza. Y allí, en ese espacio marcado por la ausencia y por la memoria, Dios inaugura algo completamente nuevo. La piedra retirada abre mucho más que un sepulcro: abre la historia, abre el corazón, abre también nuestra propia vida a una posibilidad inesperada. La resurrección de Jesús trae una luz serena y honda, una luz que toca lo concreto de cada día y lo llena de un sentido nuevo.

También nosotros vivimos muchas veces corriendo entre preguntas, recuerdos, intuiciones y deseos profundos de encontrar al Señor. Como aquellos discípulos, avanzamos paso a paso, leyendo signos, recogiendo huellas, dejando que el corazón comprenda poco a poco lo que Dios realiza. La Pascua entra así en nuestra vida como una llamada a mirar de otra manera, a reconocer que el amor de Cristo permanece vivo, actuante, cercano, sembrando comienzo donde parecía que todo había quedado detenido. Hoy la Iglesia entera se alegra porque el Señor vive, y su vida resucitada sostiene la nuestra, la levanta, la ensancha y la conduce hacia una esperanza verdadera.

Desde la fe: Acoger la Pascua es dejar que el corazón entre en la alegría de Cristo vivo y aprenda a leer su presencia en los signos sencillos de cada día.

Desde la esperanza: Cada amanecer puede convertirse en anuncio de vida nueva, porque el Resucitado sigue abriendo caminos y regalando futuro.

Desde la caridad: La vida resucitada de Jesús se transparenta en gestos que levantan, acompañan, consuelan y devuelven al otro la alegría de saberse amado.