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Domingo 32 TO  (Jn 2, 13-22)

Jesús asciende a Jerusalén y su sola presencia vuelve transparente el sentido del templo: lugar de encuentro, casa del Padre, espacio para la alabanza y la misericordia. Su gesto brota de un amor que arde y que al mismo tiempo sostiene, un celo que despeja lo que distrae y devuelve a cada rincón su verdad. En medio del trajín de monedas y trueques, su palabra corta el aire como una brisa que limpia; el templo respira de nuevo y la oración recupera rostro. El ardor de Jesús eleva y dignifica; invita, reordena; muestra que el culto nace del corazón y que toda ofrenda adquiere sabor cuando procede de una vida entregada. Quien contempla esa escena percibe libertad interior, determinación serena y una ternura que educa: Dios desea habitar entre los suyos y regala un modo nuevo de estar, sencillo y profundo, que abre puertas y abre ventanas.

Al escuchar este pasaje, el alma se reconoce templo vivo, morada del Espíritu, santuario donde la vida cotidiana se encuentra con la gracia. Cuando Jesús se refiere al templo de su cuerpo, se abre una clave decisiva: el lugar del encuentro se hace personal y cercano, late dentro, pide cuidado, silencio, pobreza de espíritu. Él entra en el interior con pasos suaves y, como quien conoce la casa, despeja lo acumulado, ordena lo descolocado, enciende brasas escondidas. Cada persona guarda rincones con polvo de cansancio o con mercados de urgencias; el Señor los recorre con paciencia y convierte ese espacio en hogar para el Padre. Al permitir su paso, la vida respira, aparecen deseos de verdad, aumenta la capacidad de adorar con obras concretas: gestos de reconciliación, una palabra que cura, tiempo regalado a quien lo necesita. De ahí brota una alegría honda que sostiene los días.

Desde la fe: abrir el templo interior a su presencia, entregar lo que distrae y recibir la purificación que regala luminosidad y unidad.

Desde la esperanza: esperar procesos largos, con la certeza de que el Señor sostiene cada paso y convierte la rutina en alabanza.

Desde la caridad: custodiar el templo del hermano, valorar su dignidad, acompañar con escucha y gestos concretos para que cada comunidad respire como casa de oración y de acogida.