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Bautismo Señor (Mateo 3, 13-17)
Jesús se acerca al Jordán y pide a Juan ser bautizado. En aquel gesto se revela la humildad de Dios, que se hace solidario con todos los hombres y entra en la corriente de la vida humana sin reservas. El cielo se abre, el Espíritu desciende y la voz del Padre proclama su amor. Este momento resume toda la misión de Jesús: estar con los suyos, compartirlo todo, incluso la espera y la sede de justicia de quienes buscan un nuevo comienzo. En aquel río, la creación entera se renueva, porque el agua bendecida por la presencia de Cristo se convierte en signo de una vida nueva, gratuita y fecunda. Cada bautismo que celebramos es ese mismo encuentro entre el amor del Padre, la entrega del Hijo y la presencia del Espíritu que transforma desde dentro.
Cada cristiano lleva impresa esa marca de bendición. Vivir bautizados es caminar conscientes de que la mirada de Dios nos acompaña a cada paso. Esa voz que resonó en el Jordán sigue pronunciando nuestro nombre con ternura: “Tú eres mi hijo amado”. Quien se deja alcanzar por esa palabra experimenta la alegría de sentirse en casa, de saberse elegido y sostenido, incluso en los días más sencillos. El Espíritu, que descendió sobre Jesús, impulsa también nuestras decisiones cotidianas y nos anima a vivir con el corazón abierto, con la serenidad de quien se sabe habitado por la presencia divina. Cada amanecer es una invitación a estrenar el alma, a dejar que la luz del bautismo siga limpiando los rincones del corazón para reflejar mejor la bondad de Dios.
Desde la fe: Renovar la memoria del propio bautismo es dejar que el amor primero de Dios vuelva a despertar el alma. Es volver al Jordán interior donde el Espíritu nos unge para vivir como hijos y testigos del Evangelio.
Desde la esperanza: Caminar con la certeza de que el cielo permanece abierto sobre nosotros. En cada acontecimiento habita la promesa de un Dios que transforma el agua común de la vida en fuente que renueva continuamente.
Desde la caridad: Ser reflejo del amor recibido, ofreciendo gestos que limpian, animan y reconcilian. Llevar al mundo la frescura de quien ha sido sumergido en la ternura del Padre y desea que esa corriente alcance a todos.
