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Segundo domingo del T.O. (Jn1, 29-34)
Juan contempla la llegada de Jesús y su mirada se abre a la verdad: “He ahí el Cordero de Dios”. En ese instante todo su camino, toda su búsqueda, cobra sentido. Juan reconoce la presencia que colma toda espera. Su palabra nace del asombro; no describir, testimonio. Señala a Jesús con el corazón y deja que la mirada de los demás se dirija hacia Él. Cada vez que alguien reconoce el paso de Dios en su vida, ocurre algo semejante. La existencia se enciende, el alma se pacifica, el horizonte se aclara. Dios deja de ser una idea para convertirse en una presencia viva que acompaña y renueva. El Bautista se convierte así en imagen de todos los creyentes que aprende a mostrar, con humildad y alegría, al Dios que habita en medio del mundo.
En nuestra vida también hay momentos en los que el Espíritu nos impulsa a reconocer el paso de Jesús entre lo cotidiano: en una conversación que toca el alma, en un gesto de ternura inesperado, en la paz que brota incluso en medio del cansancio. Cuando el corazón está atento, la fe adquiere la forma del testimonio. Reconocer al Cordero de Dios es dejar que la mirada se llena de ternura y compasión, que la palabra se haga alabanza, que los gestos se vuelvan camino de reconciliación. El bautismo con el Espíritu nos permite vivir así: livianos, libres, limpios, conscientes de que cada día se abre una nueva posibilidad de mirar, de agradecer, de servir. Desde ese encuentro la vida recobra su tono luminoso y todo lo que parecía pequeño se transforma en signo de la presencia de Dios.
Desde la fe: Imitar la mirada de Juan es aprender a reconocer la presencia de Cristo en los rostros que nos rodean. Cada encuentro puede ser un anuncio humilde del amor de Dios que se acerca.
Desde la esperanza: Vivir atentos a los signos del Espíritu que sigue descendiendo sobre la humanidad. En los comienzos más sencillos florece siempre una promesa de vida que sostiene el corazón.
Desde la caridad: Ser testigos agradecidos, portadores de la paz del Cordero. Cada gesto de ternura, cada reconciliación, cada palabra de consuelo prolonga el testimonio de Juan y deja que el amor del Señor siga encarnándose en el mundo.
