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Domingo 29 T.O. (Lc 18, 1-8)
La persistencia de la viuda que reclama justicia nos invita a descubrir en el corazón humano una fuerza sorprendente: la de no rendirse ante la indiferencia o la dificultad. Esa mujer, aparentemente sola y sin recursos, nos enseña una lección profunda: cuando la necesidad es auténtica y el deseo de ser escuchados es sincero, la constancia se vuelve un acto hermoso de valentía. Así, la oración a Dios no es solo repetir palabras o pedir sin cesar, sino mantener viva una esperanza que impulsa a buscarlo cada día, confiando en que, por mucho que el tiempo pase, Él no olvida ni abandona.
Nos habla también de una justicia que va más allá de lo inmediato y visible. La viuda no espera solo un juez humano, sino una respuesta verdadera, justa y definitiva. El evangelio nos anima a vivir la oración como ese encuentro persistente con Dios, donde cada palabra es un paso en el camino de la fe, aún cuando no tengamos todas las respuestas. Sentir la necesidad y seguir levantando la voz con humildad y confianza es darle espacio a una relación viva con el Señor, pendiente siempre de cada uno de sus hijos.
Desde la fe: vive la certeza de que Dios ve y escucha cada súplica sincera, junto a nosotros, sin importar cuánto tiempo tome responder.
Desde la esperanza: sosteniendo la espera con ánimo, sabiendo que en cada oración el amor de Dios crece en nuestro corazón como una semilla que dará fruto.
Desde la caridad: acompaña con nuestra oración a quienes sufren injusticias, convertidos en voluntarios de un amor que protege y defiende a los más vulnerables.
