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Domingo IV Adviento (Mateo 1, 18-24)

El relato de José ofrece un modo precioso de comprender qué significa celebrar en clave de fe.

Él recibe un mensaje que transforma su vida y lo acoge con un corazón abierto a la voluntad de Dios. Celebrar comienza ahí: en esa disponibilidad interior que reconoce que el Señor actúa con delicadeza en cada historia. La celebración del Adviento se vuelve pr-funda cuando descubrimos que Dios entra en nuestra vida con paso suave y nos invita a formar parte de su proyecto. Cada gesto de José revela una alegría que nace de la confianza, una alegría que se convierte en hogar para el misterio.

Este domingo invita a celebrar desde dentro, con una gratitud que brota de la certeza de que Dios ya está muy cerca. Celebrar es abrir espacio para la luz, dejar que la esperanza despierte, permitir que el corazón se ensanche ante la presencia que llega. La celebración cristiana tiene la fuerza de lo sencillo: se expresa en la ternura de un gesto, en la
paz de una oración, en la alegría compartida con quienes caminan a nuestro lado. Así, la cercanía de Jesús se convierte en motivo para vivir con gozo cada instante que prepara la Navidad.

Desde la fe: celebrar la presencia de Dios que guía con suavidad y sostiene cada decisión hacia el bien.

Desde la esperanza: celebrar la vida que florece, porque el Señor se aproxima con una luz que renueva.

Desde la caridad: celebrar cada encuentro ofreciendo cercanía, escucha y gestos que siembran paz en los demás.