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Domingo 5º Cuaresma: Juan 11, 3-7.17.20-27.33b-45
La amistad ocupa un lugar sagrado en el corazón de Dios. Jesús llega a Betania y se encuentra con el llanto, con la casa herida por la ausencia, con el dolor que atraviesa a quienes aman de verdad. Marta sale a su encuentro con una fe que busca comprender, con palabras que mezclan confianza y desconcierto. En medio de esa escena tan humana, Jesús revela una verdad que sostiene la historia entera: Él es la resurrección y la vida. Su presencia transforma el duelo en promesa, el sepulcro en umbral, la espera en esperanza viva.
Ante la tumba de su amigo, Jesús se estremece y llora. Sus lágrimas muestran que Dios participa de nuestras lágrimas, que cada pérdida tiene eco en su corazón. Después eleva su voz y llama a Lázaro a salir. Esa palabra atraviesa la piedra, desata vendas, devuelve dignidad. Cada uno guarda espacios cerrados donde pesa el recuerdo, la culpa, el cansancio. La voz del Señor sigue pronunciando nuestro nombre con autoridad amorosa y nos invita a caminar hacia la luz, a respirar de nuevo, a vivir con mayor plenitud.
Desde la fe: Acoger a Jesús en medio de nuestras pérdidas y confiar en su palabra que sostiene, que levanta, que abre horizontes cuando el camino parece detenido.
Desde la esperanza: Creer que cada situación marcada por la oscuridad puede convertirse en lugar de vida nueva cuando dejamos que el Señor entre en nuestra historia concreta.
Desde la caridad: Acompañar el dolor ajeno con cercanía sincera, ayudar a retirar las losas que oprimen, ofrecer presencia que consuela y anima a dar pasos hacia la vida.
