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Domingo 34 del T.O. (Lc 23, 35-43)

Jesús está en la cruz y, en medio de ese momento que parece tan oscuro, se escuchan voces distintas: unas se burlan, otras observan desde lejos, algunas permanecen en silencio. Entre esas voces destaca una, la de un hombre que carga su propia cruz y que, sin grandes palabras, se dirige a Él con una súplica que nace del fondo del corazón. En ese gesto sencillo se abre algo inmenso. Jesús no responde con discursos ni con reproches, responde con una promesa directa, cálida, cercana: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Su forma de reinar se revela ahí, en medio del dolor, sin tronos dorados ni gestos de poder. Su corona es de espinas, su trono es un madero y su fuerza es el amor que abraza incluso cuando todo alrededor tiembla. Su palabra atraviesa el ruido, llega al corazón y abre un horizonte nuevo en el lugar menos esperado.

Contemplar esta escena permite reconocer que el Reino de Jesús no se impone, se ofrece. Aparece cuando alguien se atreve a confiar, cuando una mirada busca la suya, cuando el corazón se abre incluso en el último momento. Cada persona puede verse reflejada en aquel hombre crucificado junto a Él, porque todos, de un modo u otro, llegamos a momentos en los que lo único que queda es levantar la mirada y pedir. Jesús reina así, acompañando, acogiendo, levantando desde dentro. Su presencia no aplasta, sostiene. Su autoridad no separa, acerca. Allí donde parece reinar la derrota, Él inaugura vida. Quien escucha esas palabras con atención siente que algo se recoloca dentro, como si el alma respirara más hondo. Su Reino se hace presente en medio de la fragilidad humana, y desde ahí comienza a transformar.

Desde la fe: reconocer en Jesús crucificado al Rey que salva, acoger su pro-mesa con sencillez y dejar que su palabra arraigue en la vida.

Desde la esperanza: mirar la historia personal y comunitaria con la certeza de que su Reino ya está actuando, incluso en los lugares donde cuesta creerlo.

Desde la caridad: acercarse a quienes viven su propia cruz, ofrecer escucha, gestos concretos, presencia que acompaña, y hacer visible la ternura de Cristo Rey.