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Domingo 30 TO (Lc 18, 9-14)

Dos hombres suben al templo movidos por el deseo de encontrarse con Dios. Uno se sitúa en un lugar visible, enaltecido por la seguridad que le proporciona su propia conducta, repasando con orgullo aquello que ha hecho bien, como si su oración necesitara convencer al cielo. Su mirada está dirigida hacia sí mismo, como quien levanta un espejo en lugar de abrir una ventana. El otro se queda atrás, con el corazón encogido pero abierto, consciente de su fragilidad y confiado en la ternura de Aquel que ve en lo escondido. No pronuncia grandes discursos, simplemente se deja mirar y, en ese acto silencioso, entrega su vida entera. Jesús muestra que es en esa entrega sencilla donde el amor de Dios actúa con más fuerza, porque la humildad abre espacio a la gracia y permite que el corazón se transforme desde dentro.

La escena revela algo profundo sobre la oración. No se trata de presentar méritos ni de construir argumentos, sino de situarse ante Dios con verdad. El fariseo permanece encerrado en su propio relato, mientras que el publicano abre su interior como quien descorre un velo. En ese gesto interior sucede el encuentro, porque la misericordia divina se derrama sobre quien se reconoce necesitado y confía. Quien ora así aprende a mirar la vida de un modo nuevo, ya sin medirlo todo en términos de perfección personal, sino dejándose sostener por el amor gratuito de Dios. De esa experiencia nace una paz serena, una gratitud que no depende de los logros, y una mirada más compasiva hacia los demás.

Desde la fe: Acercarse a Dios con sencillez permite descubrir la hondura de su misericordia. La fe se renueva cuando el corazón se abre sin máscaras y se reconoce acogido plenamente.

Desde la esperanza: Cada oración humilde es un acto de confianza que abre cauces para que la gracia actúe. La esperanza crece cuando el alma experimenta que Dios escucha en lo profundo.

Desde la caridad: La mirada transformada por la misericordia se vuelve capaz de acoger a los demás sin juicios, ofreciendo comprensión y ternura, del mismo modo que Dios acoge cada vida con infinito amor.