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Domingo I Adviento (Mateo 24, 37-44)
El Adviento abre un camino en el que la mirada se convierte en lugar de encuentro. El evangelio invita a vivir atentos, con un corazón que percibe la presencia del Señor en medio de la vida ordinaria. Mirar así implica abrirse a una llegada que se insinúa con suavidad, descubrir que cada día trae señales discretas de un amor que acompaña y sostiene. Cuando miramos con calma interior, la vida empieza a mostrarse como un espacio donde Dios se acerca con pasos llenos de ternura.
Tal vez este sea un tiempo para educar la mirada, para dejar que el Evangelio alumbre cada gesto y cada decisión. Mirar con profundidad permite reconocer que Jesús se hace presente en la sencillez de lo cotidiano, en los encuentros que reconcilian, en la esperanza que renace cuando algo interior se despierta. Es una vigilancia que no agota, porque nace del deseo de descubrir al Señor que viene para renovar la vida desde dentro.
Desde la fe: abrir la mirada a la presencia constante de Jesús, que sostiene y orienta cada jornada.
Desde la esperanza: mirar la realidad con confianza, sabiendo que el Señor prepara caminos que fortalecen.
Desde la caridad: ofrecer miradas que levantan y dignifican, reconociendo en cada persona un lugar donde Cristo se revela con delicadeza.
