El sábado 31 de enero, la Hermandad del Rocío de Collado Villalba celebró la tradicional Candelaria, fiesta de la luz y presentación de Jesús en el templo.
Por ello, iniciábamos la tarde con una procesión desde la casa Hermandad hasta la parroquia. Caminábamos sosteniendo velas aún apagadas, sabiendo que la luz verdadera siempre llega cuando el corazón se dispone, y en ese caminar se despertaba una certeza antigua y siempre nueva, la de un pueblo que avanza unido porque ha aprendido a reconocerse en la fe vivida, encarnada, celebrada con los pies y con el alma.
La Candelaria nos envolvió como un relato que sigue escribiéndose en cada generación, fiesta de la luz que irrumpe en lo cotidiano, memoria viva de aquel día en que María y José llevaron a Jesús al templo y ofrecieron su vida como quien entrega lo más valioso, confiando en una promesa que desborda todo cálculo.
En la Eucaristía, nuestras velas fueron bendecidas por el párroco y la luz encendida pasó de mano en mano como un latido compartido, recordándonos que Cristo se deja reconocer en lo pequeño, en lo que arde despacio, en lo que alumbra sin ruido y transforma desde dentro.
Bajo el manto de la Virgen, los niños bautizados durante el año pasado y todos los que nos acompañaron atravesaron ese espacio sagrado que abraza y protege, imagen viva de una Iglesia que cuida, que acoge, que confía en la semilla que crece incluso cuando apenas se percibe. En ese gesto se concentraba una catequesis entera, la fe como herencia viva, la comunidad como hogar, la Virgen como madre que cubre y entrega, que conduce hacia su Hijo y enseña a vivir con el corazón despierto.
Salimos de la celebración con las manos calientes y la mirada encendida, sabiendo que la luz recibida pide camino, presencia, compromiso compartido. Celebrar la Candelaria se convirtió en un envío sereno y firme, una invitación a alumbrar la vida diaria con gestos que sostienen, palabras que reconcilian y una esperanza que se hace carne en comunidad. Caminamos juntos porque la luz se fortalece cuando se comparte, y en ese nosotros creyente descubrimos que la fe vivida con sencillez se vuelve anuncio, hogar y promesa para todos.
