Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial
Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:
La fe no se hereda: se despierta
En nuestras familias hemos recibido gestos que nos han acompañado desde la infancia: una oración susurrada antes de dormir, una visita al Sagrario en momentos de dificultad, la celebración dominical vivida como centro de la semana. Todo ello forma parte de nuestra memoria creyente y constituye un tesoro que agradecemos. Sin embargo, con el paso del tiempo descubrimos algo más profundo: la fe pertenece al ámbito del encuentro. Llega un momento en que Cristo deja de ser una referencia aprendida y se convierte en presencia viva que ilumina nuestras decisiones, sostiene nuestras luchas y ensancha nuestra esperanza. En ese instante comprendemos que creer significa responder personalmente a una llamada que resuena en lo íntimo del corazón.
La fe como encuentro personal con Cristo
El Evangelio nos muestra a Jesús que se acerca, que mira, que llama por el nombre. “Venid y lo veréis” (Jn 1,39) sigue siendo hoy una invitación abierta a cada uno de nosotros. La fe despierta cuando descubrimos que el Señor camina a nuestro lado en la historia concreta que vivimos, cuando percibimos que su Palabra ofrece luz a nuestras preguntas más hondas. A partir de ese encuentro, la tradición recibida adquiere sentido nuevo y se transforma en experiencia consciente. Nuestra fe crece cuando pasamos de repetir fórmulas a dialogar con Dios desde lo profundo de nuestra vida.
La familia, primer espacio donde la fe florece
En el hogar se aprende a amar, a confiar, a esperar. También allí se siembra la fe con delicadeza. Un clima de respeto, una palabra de perdón pronunciada con humildad, una mesa compartida con gratitud, crean un ambiente donde Dios se vuelve cercano. Nuestros hijos y quienes nos rodean perciben la coherencia entre lo que decimos y lo que vivimos. Cuando rezamos juntos con sencillez, cuando participamos en la vida parroquial con alegría, estamos mostrando que la fe ofrece un horizonte de sentido que abraza toda la existencia. La fe florece en un ambiente de ternura y coherencia, donde cada persona se siente acogida y valorada.
Transmitir con testimonio y abrir camino a la libertad
La fe se comunica sobre todo a través del testimonio. Nuestras actitudes hablan con fuerza: la paciencia ante la dificultad, la confianza en la Providencia, la disponibilidad para servir. San Pablo nos recuerda que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rm 5,5). Desde esa certeza vivimos y acompañamos a quienes buscan. Cada persona recorre su propio camino y descubre a Cristo en su tiempo y de su manera. Nuestro papel consiste en ofrecer presencia, escucha y ejemplo, creando un espacio donde el encuentro con el Señor pueda acontecer con libertad. La fe madura cuando se convierte en opción personal que orienta nuestras decisiones y sostiene nuestra esperanza.
Como comunidad parroquial deseamos que nuestras familias y nuestros hogares sean lugares donde la fe permanezca viva, donde cada uno pueda experimentar la alegría de sentirse amado por Dios. Pedimos al Señor que despierte en nosotros un corazón atento, capaz de reconocer su paso y de responder con generosidad. Así nuestra fe seguirá creciendo, iluminando nuestro día a día y ofreciendo esperanza a quienes caminan junto a nosotros.
