Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

La vocación no se elige: se escucha

Hay palabras que nos acompañan toda la vida y se van llenando de sentido con el paso del tiempo. Vocación es una de ellas. A veces la asociamos a decisiones concretas, a momentos clave, a opciones visibles. Con los años descubrimos algo más hondo: la vocación nace de una voz que precede, de una llamada que nos conoce antes incluso de que sepamos nombrarla. En la fe vamos aprendiendo que Dios habla en lo profundo, con delicadeza, respetando nuestros ritmos, sosteniendo cada etapa de la existencia. Escuchar esa voz se convierte en una experiencia que atraviesa toda la vida y la va unificando desde dentro.

Una llamada que nos nombra y nos sostiene

En la Escritura, Dios llama por el nombre. A Samuel lo despierta en la noche, a Jeremías lo alcanza antes de su nacimiento, a los discípulos los encuentra en medio de su trabajo cotidiano. “Antes de formarte en el seno materno te conocía” (Jer 1,5). Esta palabra nos recuerda que la vocación surge como don recibido, como una iniciativa amorosa que nos antecede y nos sostiene. Cada uno de nosotros ha sido pensado, deseado y enviado con una misión concreta que se despliega en la historia real, con lo que somos y con lo que vivimos. Escuchar la llamada implica acoger la propia vida como lugar sagrado donde Dios sigue pronunciando su palabra.

Dios sigue hablando en cada etapa de la vida

La vocación acompaña la infancia, se expresa en la juventud, se transforma en la madurez y se serena en la ancianidad. No queda anclada en un instante del pasado. Dios continúa guiando, enviando y fecundando el corazón en cada etapa, adaptando su voz a la historia personal de cada uno. “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen” (Jn 10,27). Esta certeza nos abre a una espiritualidad de escucha cotidiana, atenta a los signos pequeños, a los deseos profundos, a las llamadas que brotan en la oración, en los encuentros, en las responsabilidades asumidas con amor. La vocación se convierte así en camino vivo, siempre abierto, siempre en crecimiento.

Escuchar para vivir con sentido y fecundidad

Escuchar la vocación transforma la manera de vivir. Cuando prestamos atención a la voz de Dios, la vida gana unidad interior, se ordenan las prioridades y emerge una alegría serena que atraviesa las circunstancias. La vocación nos envía al mundo con una misión concreta: amar, servir, cuidar, anunciar, acompañar. Cada estado de vida se convierte en lugar de fecundidad cuando se vive desde la escucha confiada. “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 40,9). Esta disponibilidad brota de un corazón que se sabe amado y enviado. En esa escucha fiel descubrimos que la vida cotidiana se llena de sentido y se convierte en respuesta agradecida al Dios que sigue llamando.

Hoy renovamos juntos la confianza en esa voz que habita nuestro interior. Una voz que orienta, sostiene y fecunda. Escucharla nos permite vivir con hondura, caminar con esperanza y ofrecer nuestra vida como don para los demás.