Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial
Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:
Los que amaron sin aplausos
Hay caminos que no están en los mapas, rastros que el viento no puede borrar porque están grabados en la memoria de Dios. En estos días, al regresar del cementerio, después del abrazo final y de haber rezado junto a la tumba de nuestros seres queridos, el alma se agranda y se hace silencio. El corazón recuerda rostros, gestos, palabras que ya están en la eternidad. Y mientras ponemos una flor o encendemos una vela, sabemos que el amor no tiene fronteras, ante la muerte: florece aquí y ahora, en cada uno de nosotros.
Amar sin ser vistas
En un mundo que premia la visibilidad, en el que todo parece medirse por la repercusión o el aplauso, los fieles difuntos nos enseñan otra manera de vivir. Muchos de ellos, a lo largo de su vida, hicieron el bien sin hacer ruido: cuidaron, trabajaron, rezaron, perdonaron. Fueron manos discretas que levantaron familias completas, corazones que aprendieron a amar sin esperar que ese amor fuera devuelto. Al recordarlas, a esas personas que amaron desde la pequeñez, recordamos la verdad profunda del Evangelio: “Tu Padre que ve en lo secreto te recompensará” (Mt 6, 6). En su silencio hay más Evangelio que en mil discursos, porque el amor que no se ve se parece a la creación divina.
La fecundidad de lo invisible
El amor que dieron no desapareció: se convirtió en semilla. Su ternura, su gentileza, su lealtad diaria siguen brotando en nuestras vidas. Quizás, a veces, su ausencia nos parezca demasiado pesada, que el vacío sobrepasa lo recordado; sin embargo, solo es necesario detenerse por un momento para descubrir que la comunión de los santos es una corriente viva de amor que nos envuelve. Lo que ellos plantaron en nosotros florece cada vez que perdonamos, cada vez que servimos, cada vez que elegimos la esperanza. En el misterio de Dios, nada se pierde; todo se transforma, todo se eleva, todo se redime.
La huella luminosa del amor
Hoy queremos recordar a quienes amaban sin aplausos, a quienes gastaban sus días en silencio, a quienes ofrecían su tiempo, fuerza o ternura para que otros vivieran mejor. Ellos son los verdaderos constructores del Reino, aquellos que con su entrega cotidiana alumbraban los caminos de la vida con una luz que no se acaba. Su memoria es bendición; su vida sigue hablándonos. Cada vez que alzamos la mirada al cielo o tomamos un tiempo de oración, sentimos que su presencia se funde con la de Dios, porque el amor une lo que la muerte separó.
Al regresar a casa desde el cementerio, dejémonos inundar por la gratitud. Detrás de cada nombre, de cada cruz, hay una historia de fidelidad que sigue aún dando fruto. Somos herederos de su fe, custodios de su legado, testigos del mismo amor que los sostenía. Y que el Señor nos conceda vivir con esa serenidad y esa entrega que dejan huella en el corazón del mundo. Amar sin aplausos es permitir que el Evangelio se haga carne en lo cotidiano. En el silencio fecundo descubrimos que el cielo comienza ya aquí, donde queda el amor.
