Este sábado hemos vivido una de esas mañanas que dejan en el corazón una huella serena y luminosa, de las que ensanchan el alma de la parroquia y nos recuerdan que la fe sigue brotando con una belleza nueva en medio de nuestra comunidad. Ocho niños que caminan hacia su Primera Comunión han recibido el sacramento del Bautismo, y con ellos también nosotros hemos vuelto a contemplar el amor de Dios hecho inicio, promesa y vida nueva. La celebración, presidida por nuestro párroco, el P. Luis Murillo, tuvo esa hondura sencilla de las cosas verdaderas, esa fuerza callada con la que el Señor sigue abriendo caminos dentro de la historia concreta de cada familia, de cada niño, de cada comunidad creyente.

A lo largo de la celebración fuimos entrando, paso a paso, en el misterio de un Dios que llama por el nombre, que bendice, que consagra, que envuelve la vida con su gracia. Primero llegó la bendición, como abrazo primero de la Iglesia que acoge y presenta a estos niños ante el Señor con gratitud y esperanza. Después, la unción sobre el pecho habló con un lenguaje que atraviesa las palabras, porque el óleo expresa fortaleza, preparación interior, gracia que sostiene y presencia de Dios que va formando el corazón para la vida nueva. Más tarde llegó el momento del agua, centro vivo del Bautismo, manantial de vida que purifica, fecunda y hace renacer. En esa agua santa, derramada sobre cada uno de ellos, contemplamos algo inmenso: Cristo los incorporaba a su propia vida, los hacía hijos en el Hijo, miembros de su Iglesia, portadores de una dignidad que florece desde el amor eterno de Dios.

Y después vino la luz. Esa luz entregada a los recién bautizados posee una belleza que conmueve profundamente, porque expresa que la fe jamás es una idea aprendida de memoria, sino una llama recibida, custodiada y compartida. Cada vela encendida nos habló de una misión preciosa: vivir como hijos de la luz, crecer en la amistad con Jesús, avanzar con el corazón despierto y dejar que la vida entera sea iluminada por su presencia. En cada gesto del rito apareció una catequesis viva, una pedagogía del cielo que enseña con signos lo que el alma tarda años en comprender del todo y, sin embargo, reconoce de inmediato como verdadero.

Qué regalo ver a estos niños acompañados, por sus familiares, por sus catequistas y por algunos de sus compañeros del grupo de comunión. Allí estaba la Iglesia en su rostro más cercano y más bello: una comunidad que acompaña, que sostiene, que celebra, que camina unida. Allí estaba también el testimonio fiel de quienes siembran cada semana con paciencia, ternura y entrega, sabiendo que cada palabra sobre Jesús encuentra su plenitud cuando la gracia toca la vida desde dentro.

Hoy damos gracias por estos ocho niños, por sus familias, padres y padrinos, por nuestro párroco, por sus catequistas, por los compañeros de grupo de comunión, y por esta parroquia que sigue siendo casa, fuente y hogar. El Bautismo celebrado este sábado ha sido mucho más que un rito hermoso; ha sido una proclamación de esperanza. Dios sigue pasando por nuestra comunidad y sigue encendiendo la vida. Dios sigue llamando. Dios sigue haciendo nuevas todas las cosas.