Caminando juntos… en la fe, con esperanza, desde el amor… como comunidad parroquial

Los martes del curso 2025-2026, continuando con el proyecto que iniciamos el curso pasado, publicaremos una entrada que podría fomentar la reflexión y el crecimiento de nuestra vida espiritual, ayudando a mantenerla viva en el día a día:

Perdonar no borra, transforma

Cada Cuaresma nos invita a recorrer un camino interior que toca lugares muy profundos de la vida. En ese camino aparecen preguntas que todos llevamos dentro: qué hacemos con lo que nos ha dolido, cómo convivimos con las heridas que forman parte de nuestra historia, de qué manera seguimos caminando cuando algo nos ha marcado por dentro. La fe cristiana ofrece una respuesta sorprendente y llena de esperanza: el perdón. No se trata de olvidar lo vivido ni de borrar el pasado, porque la historia forma parte de nosotros; se trata de descubrir que Dios puede transformar aquello que parecía quedar fijado en el dolor y convertirlo en un lugar donde brota vida nueva.

Jesús abre este horizonte cuando Pedro le plantea una cuestión muy humana: cuántas veces debe perdonar. La respuesta rompe cualquier cálculo: “Te digo que hasta setenta veces siete” (Mt 18,22). Con esas palabras Jesús nos introduce en la lógica de Dios, una lógica donde el amor posee una fuerza creadora capaz de renovar el corazón humano.

El perdón abre un espacio nuevo en el corazón

Cuando vivimos una herida, el corazón suele quedarse atrapado en ese punto de la historia donde se produjo el dolor. La memoria vuelve una y otra vez a aquel momento, a aquellas palabras o a aquel gesto que dejó huella. En ese lugar interior el perdón actúa como una apertura inesperada. No elimina lo vivido, pero introduce una luz distinta que permite mirar la propia historia desde un horizonte más amplio.

Quien ha experimentado el perdón descubre que el corazón empieza a respirar de otra manera. La vida interior recupera una libertad que parecía perdida y la mirada se vuelve más serena. Poco a poco la herida deja de ocupar el centro de la propia identidad. La persona comienza a reconocerse desde un lugar más profundo, desde ese espacio donde Dios habita y actúa con delicadeza. En ese proceso comprendemos que el perdón ofrece una libertad interior que devuelve al corazón su verdadera amplitud.

Dios abraza nuestra historia y la llena de misericordia

La Biblia muestra constantemente a un Dios que entra en la historia concreta de las personas. No aparece únicamente en los momentos luminosos, también acompaña los caminos marcados por el sufrimiento. El salmista lo expresa con una certeza llena de consuelo: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor” (Sal 103,8).

Cuando vivimos el perdón desde la fe descubrimos que Dios está presente precisamente en aquellos lugares donde el corazón se sintió más vulnerable. Su amor alcanza también esas zonas frágiles de nuestra historia y las transforma desde dentro. Aquello que parecía quedar cerrado en el pasado empieza a adquirir un significado nuevo.

Desde esta mirada creyente comprendemos que Dios acoge nuestra historia tal como es y la convierte en un lugar donde su misericordia puede manifestarse. Cada paso en el camino del perdón abre la puerta a esa experiencia profunda de encuentro con su amor.

La herida transformada se convierte en fuente de gracia

Muchas personas descubren con el paso del tiempo que ciertas heridas terminaron generando una sensibilidad nueva hacia los demás. Quien ha atravesado el dolor suele desarrollar una capacidad especial para comprender, acompañar y sostener a otros en momentos difíciles. La experiencia del perdón ensancha el corazón y lo hace más atento a la fragilidad humana.

En ese proceso aparece una verdad profundamente cristiana: Dios puede hacer brotar vida allí donde parecía existir únicamente sufrimiento. La herida permanece como parte de la historia personal, y al mismo tiempo se convierte en un lugar desde el cual el amor puede llegar a otros.

Por eso la fe nos permite afirmar con esperanza que el perdón transforma la herida en una fuente de gracia que alcanza también a quienes caminan a nuestro lado.

Durante la Cuaresma caminamos hacia la Pascua contemplando a Cristo en la cruz. Desde ese lugar brota una palabra que ilumina toda la historia humana: “Padre, perdónalos” (Lc 23,34). En esa oración descubrimos que el perdón posee una fuerza capaz de renovar el corazón y abrir caminos de vida nueva. Allí donde el amor de Dios entra en nuestra historia, siempre comienza algo nuevo.