El sábado 28 de febrero hemos vivido una jornada muy especial junto a los catecúmenos de confirmación, nuestros catequistas y el P. Adrián.

Madrugamos para subir al tren rumbo a Los Molinos, con la ilusión de compartir un día distinto, un día esperado que, sin duda, ha merecido la pena. Comenzamos rezando Laudes, uniéndonos en oración a toda la Iglesia. Desde la pequeña ermita del pueblo iniciamos nuestro camino: el comienzo de una peregrinación que nos recordó una verdad sencilla y profunda a la vez. Dios desea siempre perdonarnos, porque nos quiere felices; el pecado, en cambio, nos aparta de esa felicidad.

Durante el trayecto hicimos examen de conciencia. Nos pusimos ante el Señor con humildad, reconocimos nuestras faltas, pedimos perdón y renovamos el deseo de vivir más cerca de Él. En silencio seguimos caminando hasta llegar al Asilo de las Hermanitas de los Pobres.

Allí, recorriendo el Vía Crucis y acompañando a Jesús en su camino hacia el Calvario, tuvimos también la oportunidad de confesarnos. Fue un momento de encuentro profundo, de reconciliación serena y de paz verdadera.

Después celebramos juntos la Eucaristía, fuente de fortaleza y esperanza. En ella se nos habló del amor auténtico: el que se entrega, el que se dona sin medida, el que es capaz de dar la vida por los demás. Compartimos la mesa y la alegría de sabernos familia en la fe. Al final de la mañana, las Hermanitas de los Pobres nos regalaron su testimonio. Sus palabras, su entrega y su sonrisa se convirtieron en una lección viva del amor de Dios hecho servicio. Les agradecemos su acogida, haber abierto las puertas de su casa y mostrarnos que la santidad cotidiana se construye amando.

De regreso al tren, con el cansancio en los pies y el alma llena, comprendimos que este camino no lo habíamos recorrido solo con las piernas, sino también con el corazón. Fue un día para apartarnos del ruido y volver a lo esencial; una ocasión para redescubrir que Dios camina con nosotros y que la fe crece cuando se comparte.

Gracias a los catecúmenos, a los catequistas, al P. Adrián, a las Hermanitas de los Pobres y a toda la comunidad parroquial que nos sostiene con su oración. Y, sobre todo, gracias a Dios, que nunca deja de ponerse en camino con nosotros.