El lunes 30 de marzo, vivimos algo que no se queda solo en un día más… fue una experiencia de esas que se sienten por dentro. Junto a los jóvenes de Confirmación compartimos una jornada intensa, llena de momentos que nos hicieron parar, mirar hacia dentro, rezar y, sobre todo, caminar juntos como comunidad acompañando a Jesús en su Pasión, Muerte y Resurrección.
Comenzamos con la alegría del Domingo de Ramos. Con las palmas en la mano, recibíamos a Jesús con entusiasmo, como ese Rey humilde que entra en Jerusalén sin ruido, pero tocando corazones. Fue un momento bonito y sincero: nos ayudó a mirarnos por dentro y reconocer cuántas veces somos cambiantes, cuánto nos dejamos llevar por lo que hacen los demás o por lo que nos conviene. Nos hicimos preguntas importantes… de esas que incomodan, y que a la vez ayudan a crecer. Y desde ahí, quisimos dar un paso más: comprometernos a que nuestra fe no se quede en palabras, sino que se note en lo que hacemos cada día.
Después nos adentramos en el Jueves Santo, con esa “huella” que queremos dejar. Hicimos un recorrido por todo lo que nos deja este día, desde el amor fraterno, el servicio, la eucaristía, el sacerdocio… Y poco a poco fuimos descubriendo un amor aún mayor: el amor de Dios, que no pone condiciones, que no espera nada a cambio, que simplemente se da. Como sabéis un amor que se arrodilla, que sirve, que lava los pies y que llega hasta el extremo de dar la vida. Juntos dimos gracias a Dios por todas las veces que nos lava los pies, sin condiciones, sin pedir nada a cambio, siendo nosotros capaces de servir y lavar los pies a los demás.
Llegamos al Viernes Santo, donde hubo un momento de silencio profundo, para encontrarnos con nosotros mismos. Este día Jesús es sentenciado a muerte y lo revivimos con un teatro del juicio a Jesús, donde fuimos parte activa como jurado. ¿Quién lo mató? A través de Pilatos, Herodes, Anás, Caifás, Judas y el Capitán de la guardia, fuimos dándonos cuenta de que actitudes y comportamientos condenan nuevamente a Jesús, como cada uno de nosotros calla injusticias, se lava las manos… y vamos sentenciando de nuevo a Jesús.
El Sábado Santo nos regaló un silencio distinto, de esos que duele, pero también abraza,. Celebramos la espera y la preparación para la resurrección de Jesús. Es un día de reflexión y de recordar el sacrificio que hizo Jesús por nosotros. Jesús antes de morir nos dejó unas últimas palabras, mediante el silencio hemos ido metiéndonos en estas palabras, haciendo nuestro cada uno de estos momentos.
Y entonces… llegó la luz.
La Vigilia Pascual fue, sin duda, el momento más esperado. La alegría se hizo presente de verdad. Celebramos que Jesús vive, que la muerte no tiene la última palabra. Nos dejamos iluminar por esa luz nueva, escuchamos la Palabra con el corazón abierto, renovamos nuestro bautismo y nos alimentamos en la Eucaristía. Fue una celebración llena de vida, de esperanza, de esas que te hacen sonreír sin darte cuenta.
Terminamos el día con una Eucaristía en familia, y ahí todo cobró aún más sentido. Porque la fe no se vive en solitario, se comparte, se construye, se fortalece en comunidad.
Solo nos queda dar gracias. A nuestro vicario parroquial, quien nos ha acompañado con tanta cercanía; a las Hijas de la Caridad, por acogernos siempre con tanto cariño y hacernos sentir en casa; a los jóvenes que han participado, por su apertura, su alegría y su verdad: a los catequistas por su tiempo y dedicación y a las familias, por caminar juntos, por sostener y por creer.
Y, sobre todo, gracias a Dios… por cada instante vivido, por cada gesto sencillo, por cada silencio que hablaba, por cada sonrisa compartida.
Porque esta Pre Pascua no ha sido solo una actividad… ha sido, de verdad, un encuentro con Jesús Vivo.
