El cuatro de febrero, Vida Ascendente vivió una jornada de especial hondura espiritual en la Catedral de la Almudena, celebrando a sus patronos Simeón y Ana, dos ancianos del Evangelio que permanecen como símbolo de una espera llena de luz, de una fe que madura con los años y se convierte en testimonio sereno para la Iglesia.

La mañana amaneció nevada, envolviendo Madrid en un silencio casi sagrado. La nieve, con su belleza y su prudencia, acompañó el inicio del camino, recordando que cada paso en la vida necesita cuidado, y que también la fragilidad puede transformarse en ocasión de comunión y confianza.

El grupo estuvo acompañado por su consiliario, el padre Adrián, cuya presencia pastoral y atenta sostuvo el recorrido con cercanía, como signo de ese pastoreo sencillo que vela para que cada persona pueda vivir la fe con paz y seguridad.

Antes de la celebración, la Catedral se alzó, como siempre, impresionante, abierta hacia lo alto, capaz de ensanchar el corazón. Soledad, miembro del grupo, ayudó a preparar los cantos que resonarían durante la Eucaristía, haciendo visible que la liturgia también se construye con voces humildes y corazones disponibles.

La Eucaristía fue presidida por el obispo auxiliar, monseñor Martínez Camino, y concelebrada por los consiliarios de los distintos grupos. En la homilía se subrayó con fuerza la misión de los mayores como transmisores de la fe en la familia y en la sociedad, recordando que la evangelización permanece viva mientras una vida siga ofreciendo ejemplo, esperanza y fidelidad cotidiana.

Tras la celebración, la jornada continuó en el Seminario Conciliar, donde se compartió una comida en un ambiente de alegría fraterna y auténtico compañerismo. En el momento del café, el padre Alejandro, antiguo vicario de la parroquia, se acercó a saludar, y el encuentro fue recibido con especial gratitud. También se aprovechó la ocasión para presentarle al nuevo vicario, el padre Adrián, fortaleciendo así los lazos de comunión.

Vida Ascendente regresa de este día con el corazón agradecido, celebrando una jornada de oración, fraternidad y esperanza, vivida como Iglesia que sigue caminando, sostenida por la fe que Simeón y Ana siguen anunciando con su silenciosa plenitud.